Hoy es noche de funeral y nacimiento, se nos va un año y parimos tiempos nuevos, ordenamos los cajones y limpiamos la casa, engalanamos los hogares, cumplimos un ciclo y miramos el arbitrario período de 365 días que muere hoy como podría morir mañana y del mismo modo pudo haber nacido ayer.
Mientras nuestro planeta sigue girando imperturbable, quizá sin saber de inicios ni finales, se suman los preparativos y construyen una efímera nueva ilusión en la que nos nutrimos de ensaladas, carnes, vinos y nuevas energías que, en el peor de los casos, dejaremos guardadas mañana en el armario, hibernando hasta el próximo fin, el próximo comienzo de utopías desempolvadas.
Contaremos doce uvas, una por cada mes que viene, mientras hacemos el inventario anual y contemplamos nuestros kilos y canas de más, la inocencia y los cabellos de menos, las cosas que se multiplican por hacer y bien divididos los días para cumplir con las metas de futuros números rojos para el próximo año.
Hoy colocamos las lágrimas junto a las sonrisas y contemplamos con esperanza que luce más intenso ese color que forman al mezclarse con los nuevos deseos y los sueños rotos.
El nuevo comienzo nos pilla con una copa de champaña y nos invita a una danza de abrazos y buenos deseos. Bailamos con las metas cumplidas, abrazamos a los ausentes y a los que se han ido. Le compramos un vestido nuevo a los fracasos, las penas y a todos aquellos propósitos para los que fueron insuficientes los días.
El primer brindis será apoyados sobre el pie derecho, manteniéndonos en ese extraño equilibrio entre todo lo que nos falta por hacer, todo aquello que mejoramos, lo que nos negamos a cambiar, lo que nos vimos forzados a cambiar y lo que por más que queremos cambiar continúa acompañándonos un año más.
Nos miramos al espejo y nos alegra la noche un año más de sabiduría mientras nos limpiamos con mil aprendizajes el polvo de los costalazos. Surcimos nuestras heridas con una mezcla de ayer y de hoy que nos tomamos al seco, sólo cuidando no tragar por accidente las argollas ancladas en el fondo de las copas.
En la maleta con que pasearemos compartirán lugar la compañía de quienes se quedaron, el recuerdo de aquellos que abandonamos y, de reojo mientras contamos los billetes, extrañaremos a quienes no quisieron compartir con nosotros la fortuna que compramos usando calzones amarillos o multicolores de las fiestas del año anterior.
Este será el gran año, uno más entre todos los grandes años, entre todos los años, todos grandes... nada más, y nada menos que sólo un año más...
Mientras nuestro planeta sigue girando imperturbable, quizá sin saber de inicios ni finales, se suman los preparativos y construyen una efímera nueva ilusión en la que nos nutrimos de ensaladas, carnes, vinos y nuevas energías que, en el peor de los casos, dejaremos guardadas mañana en el armario, hibernando hasta el próximo fin, el próximo comienzo de utopías desempolvadas.
Contaremos doce uvas, una por cada mes que viene, mientras hacemos el inventario anual y contemplamos nuestros kilos y canas de más, la inocencia y los cabellos de menos, las cosas que se multiplican por hacer y bien divididos los días para cumplir con las metas de futuros números rojos para el próximo año.
Hoy colocamos las lágrimas junto a las sonrisas y contemplamos con esperanza que luce más intenso ese color que forman al mezclarse con los nuevos deseos y los sueños rotos.
El nuevo comienzo nos pilla con una copa de champaña y nos invita a una danza de abrazos y buenos deseos. Bailamos con las metas cumplidas, abrazamos a los ausentes y a los que se han ido. Le compramos un vestido nuevo a los fracasos, las penas y a todos aquellos propósitos para los que fueron insuficientes los días.
El primer brindis será apoyados sobre el pie derecho, manteniéndonos en ese extraño equilibrio entre todo lo que nos falta por hacer, todo aquello que mejoramos, lo que nos negamos a cambiar, lo que nos vimos forzados a cambiar y lo que por más que queremos cambiar continúa acompañándonos un año más.
Nos miramos al espejo y nos alegra la noche un año más de sabiduría mientras nos limpiamos con mil aprendizajes el polvo de los costalazos. Surcimos nuestras heridas con una mezcla de ayer y de hoy que nos tomamos al seco, sólo cuidando no tragar por accidente las argollas ancladas en el fondo de las copas.
En la maleta con que pasearemos compartirán lugar la compañía de quienes se quedaron, el recuerdo de aquellos que abandonamos y, de reojo mientras contamos los billetes, extrañaremos a quienes no quisieron compartir con nosotros la fortuna que compramos usando calzones amarillos o multicolores de las fiestas del año anterior.
Este será el gran año, uno más entre todos los grandes años, entre todos los años, todos grandes... nada más, y nada menos que sólo un año más...
Felicidad a tod@s.
Éxito y suerte.
Y para terminar, ojalá este año no borronée así nuestros propósitos:





